Estamos en el centro de
la ciudad de Guanajuato, capital cultural de
México. Comenzaremos a vivir este espacio viendo
de frente el Teatro Juárez,
majestuoso y centenario, a la derecha el templo
de San Diego, y entre ambos
edificios llevando nuestra mirada hacia lo
subterráneo, encontraremos los restos de lo que
fuera el convento de San Pedro, aquí pues,
parados en pleno Jardín de la Unión,
inicia nuestro recorrido mientras el monumento
dedicado a El Pípila se puede
apreciar arriba, entre el teatro y el templo.
La opción que preferimos es avanzar hacia la
izquierda por la calle de Sopeña, pintoresca,
ataviada con balcones y edificios llamativos.
Nuestro primer punto es al llegar al término de
la calle, donde se abre el espacio y se nos
revela un conjunto de interés, todo ello bajo la
mirada de bronce de la efigie de Miguel de
Cervantes, el prodigioso autor de la novela Don
Quijote de la Mancha, cuyo inmortal personaje es
emblema de Guanajuato. Ahí mismo, atrás de la
escultura, está el Museo Iconográfico
del Quijote que es la casa de la más
importante reunión quijotesca del mundo y uno de
los museos especializados más sorprendentes del
planeta, ya que cuanta con grandes piezas
escultóricas y menudas imágenes de apenas unos
cuantos centímetros, además de murales, cuadros
y diversas curiosidades donadas por el ilustre
Don Eulalio Ferrer.
Frente al Museo Iconográfico del Quijote podemos
apreciar el templo de San Francisco,
sobrio y sencillo, y seguiremos hacia la
izquierda hasta encontrarnos con la Casa
Santa, austera capilla llena de
evocaciones coloniales. A un costado de esta
capilla podríamos ir por el Callejón del
Campanero, siguiendo su barda lateral y
debajo de su puente para encontrarnos con la
plazuela que contiene las estatuas ecuestres de
Don Quijote y Sancho Panza,
pero en lugar de seguir ese camino, decidimos
andar por el lado izquierdo hacia una plaza que
nos llama la atención: se trata de la placita de
El Ropero, abierta y clara como
una amistad sincera, emplazada al centro por la
fuente circular, y en la esquina atendemos con
curiosidad, pues se trata de la casa en que
naciera el cantor Jorge Negrete,
con ello nos disponemos a cambiar de rumbo,
porque Guanajuato es repentinamente circular,
así que iremos unos pasos hacia atrás pero por
otra vía: Cantarranas.
Cantarranas, con su nombre sonoro, nos deleitará
con un primer remanso: una breve plaza arbolada
que nos indica una nueva aventura: subir por el
rumbo de la mano derecha por el fondo del
lugarcito y, a unos cuantos pasos, doblar hacia
la izquierda, arriba nos espera, al concluir el
ancho callejón, la plaza de Mexiamora
con su fronda de fresno y árbol de hule, igual
que un patio solariego. Es tiempo de acomodarse
en una banca o sobre la fuente de metal fundido
en cuya base se retuercen las figuras de los
peces.
Ahora tenemos dos alternativas: en el punto
opuesto al que nos vio llegar, está al final y
hacia la izquierda, una bajada con escalones
sobre la que rematará el curioso
Callejón de las Ánimas por atrás del
Teatro Principal, o bien al
frente, para encontrarnos con el curvado
Callejón de la Cabecita, en ambos casos
será nuestro destino admirar la Plaza
del Baratillo, soberbio, transitado y
popular conjunto desde el que se abren varias
calles y callejones como los rayos de una
estrella. En el medio, alza su corola una
espectacular fuente de metal fundido en cuya
base se pueden apreciar figuras de peces. En
diagonal a nuestra llegada se esconde una corta
subida, la cual nos conducirá hacia el
Templo de San José, desde el cual se
nos abrirá la vista lateral del imponente
Templo de la Compañía, alta y
elaborada obra hacia la que nos dirigimos.
Por su bóveda peculiar, sus sonoras campanas, su
rica pinacoteca y sus interiores y atrio
armoniosos, el Templo de la Compañía
es un deleite a la percepción, amén de
representar una época de esplendorosa
arquitectura, así que nos detenemos en algunos
detalles del templo, para luego abandonar su
sombra por la calle que sube, llamada Lascuráin
de Retana en la cual tiene su sede la
Universidad de Guanajuato, justamente a
un lado de donde estábamos. Es imprescindible
que visitemos la enorme escalinata de la
Universidad, en la que se prueba la capacidad de
sorpresa del visitante y tambien la resistencia
de los que se atreven a subirla sin tornar
descanso.
Claro que no se recorre todo el mundo en un día,
pero el centro de la ciudad de Guanajuato tiene
muchas más cosas que ofrecernos, a las que
debemos sumar atractivos lugares fuera del
centro como son la Presa de la Olla,
San Gabriel de Barrera o
El Pípila.
Con entusiasmo renovado dejamos la Universidad y
descendemos por el callejón inmediato hacia la
Plaza de la Paz, uno de los
grupos arquitectónicos más completos y hermosos
del país. Lo primero que nos atrae es el circulo
elevado que sostiene la escultura de la Paz,
obra de Jesús F. Contreras, discípulo del gran
Rodin.
Muchos edificios nos invitan a contemplar su
majestuosidad y equilibrio: desde la
Basílica donde porta su corona
riquísima Nuestra Señora de Guanajuato, hasta el
Palacio Legislativo, sitio
oficial del Congreso del Estado
y pieza ejemplar del gusto último del
porfiriato.
Luego de tantas maravillas, nos resta acudir al
Mercado Hidalgo, para ello
descenderemos por el arroyo de la calle y,
conforme andamos las curvas de la calle Juárez,
tenemos dos posibilidades otra vez, podríamos ir
de frente hacia la Plaza de los Angeles,
junto a la cual se encuentra el proverbial
Callejón del Beso, pero también
podemos ir por la ruta breve hacia el mercado, a
la derecha se mostrará la plaza de San
Fernando con su altura de fresno y una
delicada fuente ante el espacio abierto, y más
allá se subirá un poco más hasta la plaza de
San Roque, en la que tienen
lugar los Entremeses Cervantinos, que dieran
origen hace tres décadas el famoso Festival
Internacional Cervantino.
En San Roque destaca el templo del mismo nombre
y los faroles retorcidos a los lados de la cruz.
¿Y aquello qué es? Es el enormísimo laurel que
nos señala que hemos llegado al Jardín
Reforma, plácido ambiente entre
vegetación ensoñadora y apenas delante, la
cresta metálica del mercado, con su reloj ceñido
en una aguja.
Es mucho lo que hamos recorrido, felices y
agradecidos de tanta ciudad, de tanto tiempo, de
tanta sensación, nos falta mucho todavía: la
Alhóndiga de Granaditas, los
museos que se reparten por toda la ciudad, que
por sí misma es una obra de arte que vive, la
Noria Alta el Jardín
del Cantador, y la intensa variedad de
callejones, templos, casas, colores, espacios.
Hay ciudad para muchos días, para muchos años, y
en este inicio de la nueva época, podemos
afirmar que hay ciudad de Guanajuato para todo
el milenio.